“Si te portas bien te compro un chocolate”, “Si haces la tarea, te preparo las galletas que me pediste” “si comes toda tu comida te doy el pastel que tanto te gusta”. Tales son las frases con las que muchas madres y padres sentencian y/o condicionan a sus hijos para que obedezcan o cumplan con sus obligaciones.
Los compensan, les demuestran que “los quieren” dándoles lo que les gusta, golosinas, pasteles, refrescos saturados de calorías. Luego, al crecer, cualquier motivo es bueno para comer, un chocolate para aliviar la depresión, una torta para para el lonche, sánguches “para el camino” si nos vamos de paseo, gaseosas para la sed, caramelos para aplacar la ansiedad, en fin, razones y parches para justificar que todo el tiempo estamos llevándonos algo a la boca, no por hambre, sino por costumbre, terrible costumbre.
Recuerdo que cuando era niña, mi madre nos llevaba a mi hermana y a mí al gimnasio para hacer ejercicios y bajar el sobrepeso infantil que siempe nos aquejó. Yo solía tirarme sobre la colchoneta y negarme rotundamente a hacer las dolorosas abdominales, a correr o lo que fuera, odiaba los ejercicios, los detesto hasta hoy, pero los hago porque ya tomé consciencia que son -junto con una alimentación sana- la vía para alcanzar conseguiré un peso razonable y un estado saludable.
Pero mi madre, por amor y en su noble intención de convencerme de hacer los ejercicios, me ofrecía cuanto dulce podía con tal que yo cediera. Al finalizar cada clase, me despachaba una soda llena de calorías y sánguches. Por lo tanto, las pocas grasas que de mi cuerpo removían los ejercicios, las recuperaba volviendo a comer todas las “cosas ricas” que -para mí condición de gordita- estaban restringidas.
Siempre la compensación de comida igual a afecto. Siempre ese intercambio tan negativo, te quiero por lo tanto te gratifico con comida, con dulces, con gaseosas o sodas, siempre ese condicionamiento tan perjudicial.
Comida = afecto. Esta disparatada sinonimia deriva -en la mayoría de los casos- en una obesidad galopante. No digo que comer dulces sea malo, pero no debe y entendámoslo claramente, no debe usarse como “premio” como “galardón” de nada, porque nos acostumbramos a comer para compensar, para llenar vacíos, para gratificarnos y no vemos a la comida como un medio sino como un fin.
Disfrutar de un rico postre, de una deliciosa comida es válido y todos lo hacemos. Lo que es inconveniente es elevar a la comida a niveles de premio mayor, porque eso hace más daño que beneficio.
Disfrutemos de la comida, sin dejar que ese placer nos avasalle. No sólo por los efectos visibles en el aumento de peso, sino por los problemas que tarde o temprano acarrea en la salud.
Tengo una tía que cocina delicioso, por ejemplo, con tres o cuatro ingredientes, ella prepara verdaderas delicias, sin pensar ne calorías, carbohidratos ni nada por estilo. Sin embargo, ahora ese don de eximia cocinera lo está utilizando en especializarse en ensaladas, recetas nutritivas, ricas y con bajas calorías.
Sé muy bien que no es fácil desprendenrse de viejos hábitos que por más ricos que sean, son negativos. Todo es un proceso que requiere disicplina y constancia. Y, especialmente, comprender que el afecto y el amor pueden expresarse de mil formas diferentes que nada tienen que ver con la comida: una caricia una palabra positiva una sonrisa o un beso, dan mucho y lo más importante, alimentan el alma y no engordan.
Silvana Velasco San Martín
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